Para entrar en una casa hay que abrir la puerta
Put a candle in the window,
´cause I feel I´ve
got to move.
Creedence Clearwater Revival
Para entrar en una casa hay
que abrir la puerta. Hay que admitirlo.
Pero para salir de una casa
se requiere haber abandonado
todo lo que hicimos en ella:
no solo nuestras ropas y
posesiones sino también los sueños,
los gestos con que fuimos
tejiendo con espejos diminutos
nuestra memoria e identidad,
las horas multiplicadas por
siglos en que hicimos el amor
o iniciamos una conversación
que quedará para siempre sin terminar.
Porque salir de una casa es
tan, tan difícil.
Hay que hacer acopio de toda
la nostalgia,
de todo el coraje y todas
las preguntas que falta todavía responder
para hacer que los pies se
muevan en dirección de la salida.
Una vez afuera, si no se
hace algo para evitarlo,
terminaremos domando
elefantes en cualquier llanura del África Central
o fumando opio en los
atracaderos malolientes
de un puerto de la China.
¿Y quién ha salido alguna
vez de una casa en la que entró?
¿Ha recogido no solo sus
ropas y posesiones
sino también sus sueños,
los gestos con que fue
hilvanando los espejos diminutos
de su memoria e identidad,
las horas restadas a los minutos
en que hizo el amor o dejó
incompleta esa conversación
que revelaría al final su
verdadero rostro?
Y si salió, ¿fue entonces
tratante de esclavas,
mendigo en las calles de
Londres o Calcuta, invocador de demonios?
Porque salir de una casa es,
seguramente, imposible.
Prisioneros a la vez en
todas las estancias,
caminamos con el fardo de
las voces, de las preguntas,
de las ollas calientes y los
cuerpos fríos
como si en cada una
encontráramos una letra para enviar a los demás,
por fin, el mensaje de que
estamos vivos y enterrados
en alguna isla remota.
Para salir de una casa hay
que morir con ella. Hay que admitirlo.
Dejar no solo nuestro nombre
e identidad
sino también el deseo que
atraviesa sus ventanas,
las maravillosas apariciones
que hicieron del tiempo
un territorio habitable.
Y descender por una escala
invisible al recinto de lo sagrado,
donde comienzan nuevamente
todos los caminos.



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