Escribir
1
Escribir y, en un
sentido todavía más preciso, escribir poemas, no es solamente un resultado de
la inspiración. A partir de mi experiencia concreta, escribir poemas es un acto
de indagación con relación a uno mismo y al otro, con relación a la condición
existencial de los seres humanos y, lo que sintetiza todo ello, es una
reflexión inacabable con relación al tiempo (pues el tiempo, pienso, incluye al
espacio; éste no se trata de unidades inasibles de la imaginación sino de los
cuerpos, de los objetos reales que existen y se transforman en la duración, y
de nuestras representaciones de ellos).
Lo que se
convenciona llamar “inspiración” es parte del asunto, claro; es el momento que
origina el flujo de las palabras a partir de una semejanza, de una
coincidencia, de un instante de asombro, de un vacío... Es el instante en que
rompemos la dura lógica del mundo como pretende ser y lo percibimos en su
extraordinaria potencialidad y diversidad. Sin ese cortocircuito mental,
sin ese superponerse de los planos de la realidad, sin ese desencaje respecto
del aquí y el ahora (del tiempo), no podría haber un poema. Pero es
absolutamente insuficiente la inspiración para que haya un poema.
¿Qué es, entonces,
eso que falta? Es el poema mismo lo que falta. El poema no es algo explicable o
siquiera plausible, es en sí mismo la comprobación tanto de algo que se intuyó
y no pudo comprenderse, como una imagen de nuestras excursiones a la totalidad
de la vida. William Carlos Williams expresó esto para mí de una forma precisa y
profunda al decir:
It
is difficult
to
get the news from poems
yet
men die miserably every day
for
lack
of
what is found there.
Así, escribir se
nos presenta a un tiempo como posibilidad y como ausencia. El poema no
representa algo, no quiere decir algo, no transmite un contenido mensurable.
Creo que los mejores poemas son aquellos que son ellos mismos lo representado,
es decir, que constituyen una relación directa entre una determinada composición
de palabras y una fuerza vital que les da sentido, acerca de experiencias de la
vida cotidiana y de sus potencialidades de trascendencia de significado.
Durante la mayor
parte de mi vida he escrito poemas y ello no me ha servido absolutamente para
nada, ni a mí ni a nadie más. No obstante, es a través de esos poemas
inservibles, papel y trazos diminutos, que he podido saber algo acerca del
amor, del miedo, de la historia y de la muerte. Es a través de esos poemas que
he podido, en raras ocasiones, entreabrir un minuto de comprensión entre mi
perplejidad y la de mis amigos, mis amantes, mis mujeres... con todo el álbum
de mis enemigos íntimos.
Asomar la cabeza
al día exacto de la infancia en que un clavo me atravesó el pie y comprender la
justa relación de aquel acontecimiento olvidado con el sabor de unos labios que
sangran levemente bajo mis labios.
2
En realidad, no es
importante saber por qué se escribe, para quién se escribe y, mucho menos,
saber qué es escribir.
Durante milenios,
estuvimos en el mundo tratando simplemente de comer algo, lo que fuera...
lanzando piedras contra el cielo, los animales y los otros monos; refugiándonos
de las tempestades y huyendo de casi todo lo que se mueve sobre la tierra.
Durante siglos, ni rastro de querer decir algo, ni siquiera de tener algo qué
decir. Y ahí un día alguno comenzó a pintarrajear las cuevas y a dejar rastros
por los lugares de paso y a marcar su dominio sobre un pedazo de desierto... Y
ahí un día los cuernos del carnero, los ojos de la lechuza o la serpiente
emplumada fueron estilizados sobre la piel y nació la escritura.
La escritura.
Ahora parece fácil, como si hubiera estado siempre, como si fuera natural tomar
un lápiz y trazar lentamente un garabato, otro, otro... Como si la mano hubiera
hecho desde el principio del mundo el suave movimiento de tomar una hoja y
dibujar algo que pretendidamente significa: “lo que dice allí”.
En realidad, no
importa saber nada acerca del escribir. En hacerlo va nuestra vida y lo demás
es una divagación de sombras. Escribimos, es lo único que se me ocurre por más
vueltas que le doy a la cuestión, para arrancarle un tizón al implacable plazo
del olvido. Es, a fin de cuentas, un pensamiento poco original, y eso me
consuela.
3
Li Tai Po escribió
dos versos que me obsesionan:
Los
hombres de hoy no ven la luna de antaño,
mas
la luna de hoy ha alumbrado a los hombres antiguos.
De una simplicidad
rústica, enuncian una verdad que se impone por su profundidad histórica y su
belleza atemporal: aquí está el movimiento, los animales fantásticos que llenan
los libros y los sueños de los hombres. Leyéndolos, la luna me asombra con su
potencia inmemorial y debajo de ella, cuando la veo, resurgen los sacrificios,
el humo al final de la escalinata; reviven las fábulas y los misterios del
tiempo original y el humo del tabaco, y todo se mezcla con el viento que rasga
el sexo de los edificios, aquí, entre las montañas de basura y el mar que está
allí mismo desde el principio.
De pronto, esas
palabras tejidas con un oro callado me permiten comprender que, en la escala
adecuada, vería las montañas levantarse y caer como las olas. Que el fin del
mundo ya aconteció.
4
¿Quién soy? ¿De
dónde vengo? ¿Para dónde voy?
Escribir es una
reminiscencia de muchas voces frente a esas preguntas. Están allí los espejos
de hojas secas en que Alejandra renace del delirio, el Jordán en que Olga
oficia todas las noches su propio bautismo; están allí los puñales que
atravesaron la lengua de Federico, la belleza desesperada de cualquier verso de
Vallejo, la simplicidad de arena que se cuela entre las barbas de Amijai. Y
están los trazos de Han Shan sobre las hojas de los cerezos en flor y el telar
de Jorge Arturo y la bodega de Manuel y mi abrevadero de sombras. Y las bestias
olorosas de Esteban y el callar diluviano de mi abuela y el sonido de fondo del
universo cuando la radio no transmite ya ninguna canción.
Porque entre
cenizas del amor y el humo de las conversaciones fuimos tejiendo las
transitorias certidumbres de estar y ser, porque entre los caminos perdura aún
el chirriar de las hogueras en el sur del mundo, porque me es dado apenas
dormir sobre el vientre de mi mujer y acariciar al niño que, tal vez , penderá
de nuestra mano.
Tal vez por eso
todas las voces juntas alcanzan apenas para formar una sílaba que se pierde,
cada noche, en la galaxia, entre los adoquines, entre un poema... después del
aguacero.
5
Es necesario,
urgente, des-pensar la realidad. La realidad está demasiado armada, hay
demasiadas rejas oprimiendo sus latencias... Las personas ya ni se ocupan de
ver realmente lo que tienen alrededor. Para ellas, el mundo está compuesto de
edificios, autobuses, trenes y tachos de basura. Las cosas se imponen con una
evidencia que supera toda posible curiosidad y allí "permanecen",
fijadas por una ilusión de la mente aunque, en rigor, de lo único que podríamos
estar seguros es de la incesante transformación de todo cuanto existe. ¡Oh,
viejo Heráclito!
La poesía es
inútil, no sirve para nada, ni para robar un banco ni para darle de comer a los
perros. Pero, tal vez, podría servirnos para eso, para tener algo inútil, un
algo inservible que aniquile para siempre el espantoso rugir de las
herramientas y las casas y los motores y los corazones mecánicos y todo aquello
que fue puesto en el mundo para servir. Para sumergirnos en el des-pensar,
aunque sea por un instante, aunque sea para después del hundimiento regresar a
la cocina y tomar la cafetera y hacer un café que tal vez sea, al menos, otro
café.
-2011-
Triunfo,
Pernambuco, Brasil.
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