ÉL ESTÁ SENTADO Y ESCRIBE
Él está sentado
y escribe largas paráfrasis de sí mismo,
hojitas que después le enseña a los demás
tratando de convencerlos de lo auténtico de los detalles,
haciendo todo lo posible porque los gorgoteos que emite
simulen una realidad creíble.
Él está sentado y no sabe qué decir,
por lo cual recurre a su capacidad ilimitada de hacer una imagen,
otra, otra, como queriendo instaurar
a fuerza de repetirla
una verdad en tercera dimensión,
una tonada sin compás cuyos fragmentos confundan al espectador,
pero los amigos no se creen ya los truquitos
y prefieren cambiar de conversación, discretamente,
porque un vago sentimiento de lealtad
les impide hacer demasiado obvia
la falta de contenido de las frases, gestos, acentos;
con suaves giros de la voz discurren
hacia cualquier circunstancia del día como el clima,
los embotellamientos,
el humor barato de ciertos programas de radio.
Debe reconocer de ese modo
que no le queda ninguna coartada y al sentarse a escribir
le parece mejor dejar por fuera los pajaritos de plasticina
que en vano quiso hacer cantar durante noches de obstinada concentración.
Él no tiene, en realidad, idea de nada,
pero hace las estadísticas de su vida:
años, días, minutos, probabilidades de alargar la existencia
en caso de una dieta balanceada
o entregarse a excesos de tabaco y de frituras,
cuántos pasos habrá dado desde que aprendiera a caminar
o apenas hoy, entre la parada de buses y la oficina,
cuántas palabras habrá leído,
cuántas veces habrá leído mundo, guerra, tiempo,
cuántas obras maestras, ensayos especializados, periódicos,
avisos de cualquier tipo y recuerda
cuando empezó a leer a los siete años,
primero la a, después la b, la c, todo en su carril,
ordenado como una fila de cesantes,
¡Oh, el mundo es tuyo, conócete a ti mismo y conocerás el universo,
haz el bien sin mirar a quién!
y las verdades consagradas que empujan el mundo
desde antes de su constitución
aparecen frente a sus ojos en forma de veintisiete signos combinados
en todas las formas posibles, amor roma mora ramo armo,
Dios, que no tiene nombre y sin embargo
cae en la red de la nomenclatura;
a todo hay que darle nombre,
asegurarse de que nada quede para la improvisación:
hemos hecho de la magia un androide
con una cantidad limitada de respuestas que sorprende a los incautos
(¡qué caudal de conocimientos!, ¡cuánta erudición!)
y detrás un camerino donde una mano aplica el maquillaje
directamente en el espejo,
un miembro eréctil friccionado incansablemente
que escupe al final una baba inútil,
un mazo de conceptos, cigarros y pelusas
con los cuales hay que hacer de la vida un lugar aceptable
o cuando menos no del todo abominable,
esto es largo como un tren que cruza el invierno,
uso esta imagen porque nunca he visto un tren cruzando el invierno
y me imagino que no puede haber nada tan largo como eso,
aunque también es largo este laberinto de un solo corredor
por el cual avanza un niño
con su carrito de bomberos, su paraguas transparente,
sus cuadernos inexorablemente llenos de rayitas
y números y puntos
que no son otra cosa que una sucesión condensada
de otros puntos, cada vez más pequeños,
que se reúnen para dar la sensación de continuidad,
como esta vida, estos actos, esta manera tan sin gracia de gastar el tiempo,
hay que sacar la basura,
dejar puesto el despertador, meditar un momento antes
de escarbarse la nariz,
buenas noches dice él y la almohada le contesta con un gruñido,
que bien puede ser de cansancio, que bien puede ser de aburrimiento.
Él está sentado y garabatea ya sin ganas,
solo porque sí, para ver si por casualidad escribe
una palabra que no existía y quedarse a vivir en ella como si fuera
la palabra casa, como si fuera, quién sabe, una auténtica casa.
Del libro: El Cazador de la Luna, 2008
y escribe largas paráfrasis de sí mismo,
hojitas que después le enseña a los demás
tratando de convencerlos de lo auténtico de los detalles,
haciendo todo lo posible porque los gorgoteos que emite
simulen una realidad creíble.
Él está sentado y no sabe qué decir,
por lo cual recurre a su capacidad ilimitada de hacer una imagen,
otra, otra, como queriendo instaurar
a fuerza de repetirla
una verdad en tercera dimensión,
una tonada sin compás cuyos fragmentos confundan al espectador,
pero los amigos no se creen ya los truquitos
y prefieren cambiar de conversación, discretamente,
porque un vago sentimiento de lealtad
les impide hacer demasiado obvia
la falta de contenido de las frases, gestos, acentos;
con suaves giros de la voz discurren
hacia cualquier circunstancia del día como el clima,
los embotellamientos,
el humor barato de ciertos programas de radio.
Debe reconocer de ese modo
que no le queda ninguna coartada y al sentarse a escribir
le parece mejor dejar por fuera los pajaritos de plasticina
que en vano quiso hacer cantar durante noches de obstinada concentración.
Él no tiene, en realidad, idea de nada,
pero hace las estadísticas de su vida:
años, días, minutos, probabilidades de alargar la existencia
en caso de una dieta balanceada
o entregarse a excesos de tabaco y de frituras,
cuántos pasos habrá dado desde que aprendiera a caminar
o apenas hoy, entre la parada de buses y la oficina,
cuántas palabras habrá leído,
cuántas veces habrá leído mundo, guerra, tiempo,
cuántas obras maestras, ensayos especializados, periódicos,
avisos de cualquier tipo y recuerda
cuando empezó a leer a los siete años,
primero la a, después la b, la c, todo en su carril,
ordenado como una fila de cesantes,
¡Oh, el mundo es tuyo, conócete a ti mismo y conocerás el universo,
haz el bien sin mirar a quién!
y las verdades consagradas que empujan el mundo
desde antes de su constitución
aparecen frente a sus ojos en forma de veintisiete signos combinados
en todas las formas posibles, amor roma mora ramo armo,
Dios, que no tiene nombre y sin embargo
cae en la red de la nomenclatura;
a todo hay que darle nombre,
asegurarse de que nada quede para la improvisación:
hemos hecho de la magia un androide
con una cantidad limitada de respuestas que sorprende a los incautos
(¡qué caudal de conocimientos!, ¡cuánta erudición!)
y detrás un camerino donde una mano aplica el maquillaje
directamente en el espejo,
un miembro eréctil friccionado incansablemente
que escupe al final una baba inútil,
un mazo de conceptos, cigarros y pelusas
con los cuales hay que hacer de la vida un lugar aceptable
o cuando menos no del todo abominable,
esto es largo como un tren que cruza el invierno,
uso esta imagen porque nunca he visto un tren cruzando el invierno
y me imagino que no puede haber nada tan largo como eso,
aunque también es largo este laberinto de un solo corredor
por el cual avanza un niño
con su carrito de bomberos, su paraguas transparente,
sus cuadernos inexorablemente llenos de rayitas
y números y puntos
que no son otra cosa que una sucesión condensada
de otros puntos, cada vez más pequeños,
que se reúnen para dar la sensación de continuidad,
como esta vida, estos actos, esta manera tan sin gracia de gastar el tiempo,
hay que sacar la basura,
dejar puesto el despertador, meditar un momento antes
de escarbarse la nariz,
buenas noches dice él y la almohada le contesta con un gruñido,
que bien puede ser de cansancio, que bien puede ser de aburrimiento.
Él está sentado y garabatea ya sin ganas,
solo porque sí, para ver si por casualidad escribe
una palabra que no existía y quedarse a vivir en ella como si fuera
la palabra casa, como si fuera, quién sabe, una auténtica casa.
Del libro: El Cazador de la Luna, 2008



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